¿Cuándo acudir al psicólogo?

Hace ya mucho tiempo Sigmund Freud distinguía entre el sufrimiento emocional neurótico, que deriva de las dificultades de solucionar determinados conflictos psicológicos que forman parte de la condición humana, y el sufrimiento emocional vinculado a las inevitables pérdidas, separaciones, desencuentros o conflictos que forman parte del propio vivir.

Nos sigue pareciendo una distinción válida: cuando el sufrimiento excede lo que por las circunstancias vividas nos parece razonable es un momento para pedir ayuda al especialista. Las dificultades en el vivir, como lo llamaba otro gran referente histórico, Harry S. Sullivan, pueden ser muy variadas. Llamamos “síntoma” a aquello que la persona que consulta necesita cambiar porque genera sufrimiento. Es la persona que consulta quien decide, en última instancia, cuál es su síntoma. Aunque muchas veces la identificación del mismo ya es el resultado de una colaboración con el terapeuta, es la persona que consulta la que tiene la última palabra sobre su definición, ya que la misma psicoterapia sólo puede tener un resultado favorable si quién consulta considera que existe una determinada situación o comportamiento que piensa como un problema y que siente que no puede resolver sin ayuda profesional. No es necesario, pues, que quien consulte llegue con una idea clara de cuál es su síntoma. Muchos malestares comienzan primero siendo difusos, sabiendo que es necesario cambiar algo, que las cosas no funcionan como uno esperaría, pero sin una delimitación más clara de lo que hemos llamado síntoma.

Podemos hacer una lista de “situaciones tipo” de consulta, siempre parcial, y que sólo tiene como función evocar la diversidad de las mismas:

De forma más especifica:

  • Trastornos de ansiedad
  • Depresión
  • Conflicto matrimoniales
  • Bloqueo profesional o vinculado a otra actividad
  • Duelos que persisten
  • Trastornos del comportamiento alimentario
  • Perturbaciones del sueño
  • Enfermedades recurrentes o crónicas sin explicación médica.
  • Conflictos con la educación de los hijos

 

Pero también la presencia de ciertos afectos o emociones subjetivas, cuando mantenidos en el tiempo, deben funcionar como alerta para la necesidad de recurrir a ayuda:

  • Apatía o desinterés generalizado por la vida
  • Incapacidad de disfrutar
  • Sensación de soledad y incomprensión por parte de los demás.
  • Falta de ilusión por el futuro
  • Dependencia extrema por personas, actividades o substancias
  • Sensación de impotencia frente a la vida
  • La percepción de tener una vida muy distinta y en desacorde con la que se ha deseado
  • Sensación de pérdida de control en distintas situaciones
  • Incomprensión del porqué le pasan las cosas en su vida.
  • Miedo constante por todo lo que puede cambiar en la vida
  • La necesidad imperiosa de intentar tener todo sobre control y ser perfecto
  • Incapacidad de afrontar conflictos
  • La sensación que los demás abusan de usted.
  • Sentimiento de desbordamiento o de “estar al límite”.
  • La percepción de llevar un ritmo de vida donde no se puede parar.
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